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 Sociología - Michel Foucault (1975) Vigilar y Castigar - Resumen - Página 1 de 10

 VIGILAR Y CASTIGAR - Michel Foucault


SUPLICIO

I. EL CUERPO DE LOS CONDENADOS

Damiens fue condenado en 1757 a “pública retractación ante la Iglesia de París”. Había cometido parricidio (considerado contra el rey, a quien se equiparaba al padre). Fue brutalmente torturado (atenaceado, quemado). Finalmente, se lo descuartizó. Fue una operación muy larga, y no bastando esto, fue forzoso para desmembrar los muslos, cortarle los nervios y romperle a hachazos las coyunturas. Los restos fueron quemados.

 

Aunque se decía que era un gran maldiciente, no dejó escapar blasfemia alguna; tan sólo los extremados dolores le hacían proferir horribles gritos y a menudo pedía a Dios que se apiadara de él. Le Breton, el escribano, se acercó repetidas veces al reo para preguntarle si no tenía algo que decir. Decía que no. A pesar todos los sufrimientos, levantaba de cuando en cuando la cabeza y se miraba valientemente, hasta morir.

Foucault cita luego parte del reglamento redactado en 1838 “para la Casa de Jóvenes delincuentes de París”. Allí transcribe diversos artículos, que reglamentan todos los detalles de la vida allí: desde a qué hora se deben levantar los internos, pasando por cuándo ingresan al trabajo, qué es lo que hacen allí, a qué hora comen, cuántas horas están asignadas a la enseñanza, cuándo deben ir a dónde y de qué forma, cuándo se deben lavar las manos, y hasta la hora en que deben acostarse, quedando entonces los vigilantes haciendo la ronda por los corredores.

He aquí un empleo del tiempo. No sancionan los mismos delitos, no castigan el mismo género de delincuentes. Con menos de un siglo de separación, cada uno define un estilo penal determinado. Época en que fue redistribuida, en Europa y EEUU, toda la economía del castigo. Nueva teoría de la ley y del delito, nueva justificación moral o política del derecho de castigar. Redacción de códigos “modernos”. Una nueva era para la justicia penal.

Señalaré una de las modificaciones: la desaparición de los suplicios. Castigos menos inmediatamente físicos, cierta discreción en el arte de hacer sufrir, un juego de dolores más sutiles, más silenciosos. Es el efecto de reordenaciones más profundas. En unas cuantas décadas ha desaparecido el cuerpo supliciado, descuartizado, marcado simbólicamente en el rostro o en el hombro, expuesto vivo o muerto, ofrecido en espectáculo. Ha desaparecido el cuerpo como blanco mayor de la represión penal.

A fines del S XVIII y comienzos del XIX, la sombría fiesta punitiva está extinguiéndose. En esta transformación, han intervenido dos procesos, que no han tenido por completo ni la misma cronología ni las mismas razones de ser.


 
   

1) La desaparición del espectáculo punitivo. El ceremonial de la pena tiende a entrar en la sombra. La retratación pública en Francia había sido abolida por primera vez en 1791, y reafirmada en 1837. Los trabajos públicos se suprimen casi en todas partes a fines del S XVIII, o en la primera mitad del XIX. La exposición en Francia se suprime finalmente en 1848. El castigo ha cesado poco a poco de ser teatro. El rito que “cerraba” el delito se hace sospechoso de mantener con él turbios parentescos: de habituar a los espectadores a una ferocidad de la que se les quería apartar, de mostrarles la frecuencia de los delitos, de emparejar al verdugo con un criminal y a los jueces con unos asesinos, de hacer del supliciado un objeto de compasión o de admiración. La ejecución pública se percibe ahora como un foro en el que se reanima la violencia. El castigo tenderá pues a convertirse en la parte más oculta del proceso penal. Consecuencias: abandona el dominio de la percepción casi cotidiana, para entrar en el de la conciencia abstracta; se pide su eficacia a su fatalidad, no a su intensidad visible; es la certidumbre de ser castigado y no ya el teatro abominable. Por esto, la justicia no toma sobre sí públicamente la parte de violencia vinculada a su ejercicio. Es la propia condena la que se supone que marca al delincuente con el signo negativo; publicidad, por tanto, de los debates y la sentencia; pero la ejecución misma es como una vergüenza suplementaria que a la justicia le avergüenza imponer al condenado; mantiénese a distancia, tendiendo siempre a confiarla a otros y bajo secreto. Es feo ser digno de castigo, pero poco glorioso es castigar. Lo esencial de la pena que los jueces infligimos no crean Uds. que consiste en castigar; trata de corregir, reformar, “curar”; una técnica del mejoramiento rechaza, en la pena, la estricta expiación del mal, y libera a los magistrados de la fea misión de castigar. Hay en la justicia moderna una vergüenza de castigar. Sobre esta herida, el psicólogo pulula así como el modesto funcionario de la ortopedia moral
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2) La desaparición de los suplicios es, pues, el espectáculo que se borra; y es también el relajamiento de la acción sobre el delincuente. Se dirá: la prisión, la reclusión, los trabajos forzados, el presidio, la interdicción de residencia, la deportación son realmente penas “físicas”; a diferencia de la multa, recaen, y directamente, sobre el cuerpo. Pero la relación castigo-cuerpo no es en ellas idéntica a lo que era en los suplicios. El cuerpo se halla aquí como instrumento o como intermediario; si se interviene sobre él encerrándolo o haciéndolo trabajar, es para privar al individuo de una libertad considerada como un derecho y como un bien. El cuerpo queda prendido de un sistema de coacción y de privación, de obligaciones y de prohibiciones. El sufrimiento físico no son ya los elementos constitutivos de la pena. Hay una anulación del dolor. El castigo ha pasado de un arte de las sensaciones insoportables a una economía de los derechos suspendidos. Y si le es preciso todavía a la justicia manipular y llegar al cuerpo, será de lejos y según unas reglas austeras. Un ejército entero de técnicos ha venido a relevar al verdugo, anatomista inmediato del sufrimiento: los vigilantes, los médicos, capellanes, psiquiatras, psicólogos, educadores. A la justicia le garantizan que el cuerpo y el dolor no son los objetivos últimos de su acción punitiva. Hoy un médico debe establecer una vigilancia sobre los condenados a muerte. Cuando se los está por ejecutar, se les inyecta un tranquilizante. Utopía del pudor judicial: quitar la existencia evitando sentir el daño. El recurso a la psicofarmacología se encuentra dentro de la lógica de esta penalidad “incorporal”.

De este doble proceso –desaparición del espectáculo, anulación del dolor– son testigos los rituales modernos de la ejecución capital. Se acabaron los largos procesos en los que la muerte se halla a la vez aplazada por interrupciones calculadas, y multiplicada por una serie de ataques sucesivos. La reducción de estas “muertes” a la estricta ejecución capital define toda una nueva moral propia del acto de castigar. Ya en 1760 se había probado en Inglaterra una máquina de ahorcar, perfeccionada y adoptada definitivamente en 1783. En Francia en 1791 se establece que a todo condenado a muerte se le cortaría la cabeza, implicando una muerte igual para todos, una solo muerte por condenado, obtenida de un solo golpe y sin recurrir a esos suplicios prolongados y crueles. La guillotina, utilizada a partir de 1792, es el mecanismo adecuado. Procura una muerte instantánea. Casi sin tocar el cuerpo, ésta suprime la vida, del mismo modo que la prisión quita la libertad, o una multa descuenta bienes. Se supone que aplica la ley menos a un cuerpo real capaz de dolor, que a un sujeto jurídico, poseedor del derecho de existir. La guillotina había de tener la abstracción de la propia ley.

Indudablemente, algo de los suplicios se sobreimpuso en Francia, por un tiempo, a la sobriedad de las ejecuciones. Los parricidas y regicidas eran conducidos al patíbulo cubiertos por un velo negro. Acordémonos de Damiens, y notemos el nuevo velo de luto. El condenado no tiene ya que ser visto. La sola lectura de la sentencia sobre el cadalso, enuncia un delito que no debe tener rostro.

Desaparece, pues, en los comienzos del S XIX, el gran espectáculo de la pena física; se disimula el cuerpo supliciado; se excluye del castigo el aparato teatral del sufrimiento.
Se entra en la era de la sobriedad punitiva. Esta desaparición de los suplicios es conseguida alrededor de los años 1830-1848. Esta afirmación global exige paliativos. Primero, las transformaciones no se realizan en bloque ni según un proceso único. Ha habido demoras. Paradójicamente, Inglaterra fue uno de los países más refractarios a esta desaparición de los suplicios.

A esto se agrega que si bien lo esencial de la transformación se ha logrado hacia 1840, el proceso se halla lejos de estar terminado. La práctica del suplicio ha obsesionado durante mucho tiempo nuestro sistema penal, y alienta en él todavía. La guillotina había marcado en Francia una nueva ética de la muerte legal. Pero la Revolución la revistió inmediatamente de un gran ritual teatral. Fue preciso colocar finalmente la guillotina dentro del recinto de las prisiones y hacerla inaccesible al público para que la ejecución se desarrolle en secreto, para que deje de ser un espectáculo y para que se convierta en un extraño secreto entre la justicia y su sentenciado. Pero la muerte penal sigue siendo en su fondo, todavía hoy, un espectáculo, que es necesario prohibir.

En cuanto a la acción sobre el cuerpo, tampoco se encuentra suprimida por completo a mediados del S XIX.
La pena ha dejado de estar centrada en el suplicio, ha tomado como objeto principal la pérdida de un bien o de un derecho. Pero un castigo como los trabajos forzados o incluso como la prisión –mera privación de la libertad– no ha funcionado jamás sin cierto suplemento punitivo que concierne al cuerpo mismo: racionamiento alimenticio, privación sexual, golpes, celda. La prisión ha procurado siempre cierta medida de sufrimiento corporal. Un postulado que jamás se ha suprimido francamente: es justo que un condenado sufra físicamente más que los otros hombres. La pena se disocia mal de un suplemento de dolor físico. ¿Qué sería un castigo no corporal?

Mantiénese, pues, un fondo “supliciante” en los mecanismos modernos de la justicia criminal, un fondo envuelto cada vez más por una penalidad de lo no corporal.


La atenuación de la severidad penal es un fenómeno muy conocido por los historiadores del derecho. Pero durante mucho tiempo, se ha tomado como un fenómeno cuantitativo: menos crueldad, menos sufrimiento, más benignidad, más respeto, más “humanidad”. Estas modificaciones van acompañadas de un desplazamiento en el objeto mismo de la operación punitiva.

Si no es ya el cuerpo el objeto, ¿cuál es? La respuesta de los teorizantes es “Puesto que ya no es el cuerpo, es el alma.” A la expiación que causa estragos en el cuerpo debe suceder un castigo que actúe en profundidad sobre el corazón, el pensamiento, la voluntad, las disposiciones.
 


 

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Palabras claves: Michel Foucault, vigilar, castigar, suplicio, disciplina, panoptismo.

 
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