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 Sociología - Michel Foucault (1975) Vigilar y Castigar - Resumen - Página 3 de 10

 

VIGILAR Y CASTIGAR

Michel Foucault

(continuación) SUPLICIO

Por lo que a la historia del cuerpo se refiere, los historiadores la han comenzado desde hace largo tiempo. Han estudiado el cuerpo en el campo de una demografía, como asiento de necesidades, como lugar de procesos fisiológicos y de metabolismos, han demostrado hasta qué punto estaban implicados los procesos históricos. Pero el cuerpo está también directamente inmerso en un campo político; las relaciones de poder operan sobre él, lo marcan, lo someten a suplicio, lo fuerzan a unos trabajos, lo obligan a unas ceremonias. Este cerco político del cuerpo va unido a la utilización económica del cuerpo.

 

El cuerpo está imbuido de relaciones de poder y de dominación, como fuerza de producción; pero en cambio, su constitución como fuerza de trabajo sólo es posible si se halla prendido en un sistema de sujeción. El cuerpo sólo se convierte en fuerza útil cuando es a la vez cuerpo productivo y cuerpo sometido.

Este sometimiento no se obtiene únicamente utilizando la violencia y la ideología; puede ser directo, físico, emplear la fuerza contra la fuerza, obrar sobre elementos materiales, y a pesar de todo esto no ser violento; puede ser calculado, organizado, sutil, sin hacer uso ni de las armas ni del terror, y sin embargo permanecer dentro del orden físico. Es decir que puede existir un “saber” del cuerpo que no es exactamente la ciencia de su funcionamiento, y un dominio de sus fuerzas que es más que la capacidad de vencerlas: este saber y este dominio constituyen lo que podría llamarse la tecnología política del cuerpo. Esta es difusa, rara vez formulada en discursos continuos y sistemáticos; se compone a menudo de elementos y fragmentos. A pesar de la coherencia de sus resultados, no suele ser sino una instrumentación multiforme. No es posible localizarla ni en un tipo definido de institución, ni en un aparato estatal, pero éstos recurren a ella. Se trata en cierto modo de una microfísica del poder que los aparatos y las instituciones ponen en juego.

El estudio de esta microfísica supone que el poder que en ella se ejerce no se conciba como una propiedad, sino como una estrategia, que sus efectos de dominación no sean atribuidos a una “apropiación”, sino a unas maniobras, a unas tácticas; que se descifre en él una red de relaciones siempre tensas, siempre activas; que se le dé como modelo la batalla perpetua más que el contrato que opera una cesión o la conquista que se apodera de un territorio. En suma este poder se ejerce más que se posee. No es el “privilegio” adquirido o conservado de la clase dominante, sino el efecto de conjunto de sus posiciones estratégicas, efecto que manifiesta y a veces acompaña la posición de aquellos que son dominados. Este poder no se aplica pura y simplemente como una obligación o una prohibición, a quienes “no lo tienen”, los invade, pasa por ellos y a través de ellos. Estas relaciones no son unívocas; definen puntos innumerables de enfrentamientos, de luchas y de inversión por lo menos transitoria de las relaciones de fuerzas.

 
   

El derrumbamiento de esos “micropoderes” no obedece a la ley de todo o nada. Sus episodios localizados pueden inscribirse en la historia por los efectos que inducen sobre toda la red en la que están prendidos.
Hay que renunciar a imaginar que no puede existir un saber sino allí donde se hallan suspendidas las relaciones de poder, a creer que el poder vuelve loco, y que la renunciación al mismo es una de las condiciones para llegar a sabio. Más bien el poder produce saber; poder y saber se implican directamente el uno al otro; no existe relación de poder sin constitución correlativa de un campo de saber, ni de saber que no suponga y no constituya al mismo tiempo unas relaciones de poder. Estas relaciones de “poder-saber” no se pueden analizar a partir de un sujeto de conocimiento que sería libre o no en relación con el sistema del poder; sino que hay que considerar, contrariamente, que el sujeto que conoce, los objetos a conocer y las modalidades de conocimiento son otros tantos efectos de esas implicaciones fundamentales del poder-saber y de sus transformaciones históricas. En suma, no es la actividad del sujeto de conocimiento lo que produciría un saber, sino que el poder-saber, los procesos y las luchas que lo atraviesan y que lo constituyen, son los que determinan las formas, así como también los dominios posibles del conocimiento.

Analizar el cerco político del cuerpo y la microfísica del poder implica, por lo tanto, que se renuncie a la oposición violencia-ideología, a la metáfora de la propiedad, al modelo del contrato o al de la conquista; en lo que concierne al saber, que se renuncie a la oposición de lo que es “interesado” y de lo que es “desinteresado”, al modelo del conocimiento y a la primacía del sujeto. Podríamos soñar con una “anatomía” política. No sería el estudio de un Estado tomado como un “cuerpo”, tampoco el estudio del cuerpo como un pequeño Estado. Se trataría en él del “cuerpo político” como conjunto de los elementos materiales y de las técnicas que sirven de armas, de relevos, de vías de comunicación y de puntos de apoyo a las relaciones de poder y de saber que cercan los cuerpos humanos y los dominan haciendo de ellos unos objetos de saber.

Se trata de reincorporar las técnicas punitivas –bien se apoderen del cuerpo en el ritual de los suplicios, bien del alma– a la historia de ese cuerpo político. Considerar las prácticas penales menos como una consecuencia de las teorías jurídicas que como un capítulo de la anatomía política.


 
   

Kantorowitz ha planteado el “cuerpo del rey” como un cuerpo doble según la teología jurídica formada en la Edad Media (creo que sería algo así como “rey como cuerpo orgánico” y  “rey como representante divino” o “como figura real propiamente dicha”). En el otro polo, podríamos imaginar que se coloca al cuerpo del condenado; también tiene él su status jurídico; y solicita todo un discurso teórico, no para fundar el “más poder” que representaba la persona del soberano, sino para codificar el “menos poder” que marca a todos aquellos a quienes se somete a un castigo. El condenado dibuja la figura simétrica e invertida del rey.

El poder excedente que se ejerce sobre el cuerpo sometido del condenado ha suscitado un tipo de desdoblamiento. El de un incorpóreo, de un “alma”. La historia de esta “microfísica” del poder punitivo sería entonces una pieza para una genealogía del “alma” moderna. En esta alma, hay que reconocer el correlato actual de cierta tecnología del poder sobre el cuerpo. No se debería decir que el alma es una ilusión, o un efecto ideológico. Pero sí que existe, que tiene una realidad, que está producida permanentemente en la superficie y en el interior del cuerpo por el funcionamiento de un poder que se ejerce sobre aquellos a quienes se castiga, de una manera más general sobre aquellos a quienes se vigila, se educa y corrige, sobre aquellos a quienes se sujeta a un aparato de producción. Realidad histórica de esa alma, que a diferencia del alma representada por la teología cristiana, no nace culpable y castigable, sino que nace más bien de procedimientos de castigo, de vigilancia, de pena y de coacción. Esta alma real e incorpórea no es en absoluto sustancia; es el elemento en el que se articulan los efectos de determinado tipo de poder y la referencia de un saber, el engranaje por el cual las relaciones de saber dan lugar a un saber posible, y el saber prolonga y refuerza los efectos del poder. Sobre esta realidad se han construido conceptos diversos: psique, subjetividad, personalidad, conciencia, etc.; sobre ella se han edificado técnicas y discursos científicos. No se ha sustituido el alma, ilusión de los teólogos, por un hombre real, objeto de saber, de reflexión filosófica o de intervención técnica. El hombre de que se nos habla y que se nos invita a liberar es ya en sí el efecto de un sometimiento mucho más profundo que él mismo. Un “alma” lo habita y lo conduce a la existencia, que es una pieza en el dominio que el poder ejerce sobre el cuerpo. El alma, efecto e instrumento de una anatomía política; el alma, prisión del cuerpo.

Los castigos en general y la prisión corresponden a una tecnología política del cuerpo.
Se han producido en el mundo rebeliones de presos. En su desarrollo había algo paradójico: eran contra toda una miseria física que data de más de un siglo (frío, hacinamiento, falta de aire, hambre, golpes), pero también contra las prisiones modelo, contra los tranquilizantes, contra el aislamiento, contra el servicio médico o educativo. Era realmente de los cuerpos y de las cosas materiales de lo que se trataba en todos esos movimientos, del mismo modo que se trata de ello en los innumerables discursos que la prisión ha producido desde los comienzos del S XIX. Una rebelión a nivel de los cuerpos, contra el cuerpo mismo de la prisión. Lo que estaba en juego era la materialidad de la prisión, en la medida en que es instrumento y vector de poder; era toda esa tecnología del poder sobre el cuerpo, que la tecnología del “alma” –la de los educadores, de los psicólogos y de los psiquiatras– no consigue ni enmascarar ni compensar, por la razón de que no es sino uno de sus instrumentos. De esa prisión es de la que quisiera hacer la historia, historia del presente.

Foucault estudiará el nacimiento de la prisión únicamente en el sistema penal francés. Las diferencias en los desarrollos históricos y las instituciones harían demasiado laboriosa la tarea de restituir el fenómeno de conjunto.
 





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Palabras claves:
Michel Foucault, vigilar, castigar, suplicio, disciplina, panoptismo.


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